domingo, 21 de julio de 2013

Sin nota roja.

Un día sin más despiertas pensando en la ropa que hay que lavar, el reporte mensual del departamento de mercadotecnia, la renta, el gato que no es tuyo te despierta chillando por que acaban de operarlo y piensas en él. Dices su nombre como un espasmo involuntario de tu lengua, como estertores de tu memoria. Es inevitable, la noche anterior le dijiste a tu mejor amiga “hace mucho que no buscamos viada”, hablábamos de que había pasado un tiempo desde la última vez que alguien nos gusto tanto que hicimos todo para esa "viada”. Ella ahora planea una vida a lado de un hombre a quien he llamado “su sillón”, él llego después de esa tormentosa relación dónde ella perdía la cabeza citando tempestiva y recurrentemente a Kundera, lo odiaba y lo amaba enfermamente, él, nunca supimos que sintió, si leyéramos sus cartas y escucháramos sus promesas desnudos, posiblemente nos confundiríamos, como ella. Sin embargo, eso ya fue, se acabo un día como una abolición de esclavitud histórica; el amor enfermo, las relaciones obsesivas, el sabor amargo del desamor se acaba un día como la pluma que no pinta y a la que te aferras, la raspas al papel, la agitas, incluso la abres y soplas en ella por que crees que la tinta pasará y escribes y no escribe, incluso la guardas por que crees que un día pintara, hasta que en serio entiendes que no sirve, que  no tienes por que por que tenerla, lo intentas por ultima vez, no pinta, es tiempo de tirarla. Y cuando la tiras piensas ¿y ahora con que voy a escribir?.

“El sillón” es un chico más atractivo que aquel que jamás le dio viada, artista visual y por lo tanto relativamente más inteligente si lo comparamos con la licenciatura en gastronomía de quién le dijo que esas mujeres no eran nadie cuando si lo eran, él es un poco más bajo y su cuerpo no la domina tanto como alguna vez lo hizo el otro, sexualmente, digamos que es buen aprendiz, ha sido difícil superar al anterior, pero lo ha logrado, al menos en ese aspecto, medianamente gracioso y buena persona, activista de corazón contra el ignorante en política y sociedad, incluso su historia de amor es más conmovedora, a ella le gusta decir “nos conocimos en el 132” mientras que del otro, nunca quiso decir como se conocieron.

Todas necesitamos descansar después de una noche de lluvia que duró meses, tal vez años, quieres sacarte las botas humedecidas, secarte el cabello, limpiarte el rimel de las ojeras, tirarte al sillón y pensar “no vuelvo a salir al mundo sin paraguas”. Acurrucarte en el sillón, no levantarte, ponerte una manta, llorar un poco. Y si el sillón te va dar un refugio después de esa tormenta, es posible que entonces sea tiempo de olvidar. De ver la lluvia solo por la ventana, esperar a que pase el resfriado tomando té con limón en ese sillón cómodo, agradable, lindo, y que a todas tus amigas les parece que va perfecto con tu sala.

Yo ya no amo a quién amaba con tanto fervor, a quién odie la mitad del tiempo que lo amé, lo note esta mañana que desperté con su nombre amodorrado en mis labios, es cierto, tengo un hermoso sillón, pero no tengo ganas de vivir en una sala pese a la divina comodidad; me pregunto que tanto te dura esa sala sin que tengas ganas de remodelar tu casa. Me pregunto si un días vamos a volver a obsesionarnos con alguien, extraño un poco ponerme nerviosa con mis comentarios, pensar si le gustará esto o lo otro, incluso extraño llorar, igual no fue tan malo, aprendes de tu fragilidad, tu ego conoce la humildad, tu fortaleza emocional es retada, tus ganas de volver a empezar te permiten logros que no imaginaste y sobre todo aprendes a disfrutar lo que no tenias cuando lo tenías a él.

Voy a lavar la ropa, a planear la mercadotecnia del mes que viene, a pagar la renta en el banco, acariciar al gato que no es mío y voy a sacar el sillón de mi sala,  quiero ya citar Kundera y beber un vino malísimo con ellas, decirles que ese alguien que estoy por conocer no me da viada y que estoy empezando a obsesionarme.

No quiero un sillón, quiero que alguien no me de viada.

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