sábado, 21 de junio de 2014

El día que la madre de Miguel murió.

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El día que se te enmudeció por tercera vez el alma habías amanecido con la tranquilidad de un Martes, esperando que la casa oliera a huevos revueltos con jamón y atole de guayaba, y en su lugar encontraste un cuarto en penumbra con tu madre sangrando en su cama, que extraño era verla por las mañanas sin que te dijera lo tarde que ya era o lo bien que te veías. La colocaste en tus brazos como cuando ella decidió ser tu madre sin realmente serlo, o como cuando te dijo que tu padre había sufrido un infarto y debías salir de esa, tuvo que pasar un año para que la obedecieras. Levantaste la sabana que debía protegerla y encontraste un océano sanguinario en el que te sumergiste. Llegaron al hospital y tuvieron que decirte que estaba muerta para pudieras llorar, tuvieron que darle descargas para parar tu llanto, traerla de vuelta, a medias, a gatas, arrastrándose desde la otredad regreso y a ti te dio hambre, eran las nueve y veinte de la mañana, la misma hora en la que sueles ir a verme para desayunar, tu madre había regresado como si supiera que yo no estaba ahí y que nadie podría darte desayunar. No podía irse, no si su niño no había desayunado.

Yo recibí la noticia con menos drama, pero igual se me acartono el alma y solo me recuerdo corriendo en la calle más larga con el móvil en la mano y una lagrima delgada recorriendo mi cara, como si fuera rocío, como si fuera mi madre la que se estuviera muriendo. Nos reunieron muy temprano con la cara compungida de quién va a decir algo malo, recuerdo que te busque en todos esos rostros y pregunte por ti a quienes estaban cerca –lo vi llegar en su bici- nunca llegaste en realidad. Cuando regresamos, te comportaste como habías prometido, y ese Martes me sentí mas tranquila de verte, no sabía que tu madre había muerto, no sabía que estabas solo en el área de shock, no sabía que te quería tanto, que ese fin de semana significó algo, no sabía.

Mire el reloj tantas veces hasta que por fin dieron las seis de la tarde salí con tanta prisa que tire las tarjetas donde colocamos nuestros horarios de entrada y de salida, me parece que rece un poco, no se que dije –toma ese trolebús- no tenia idea de donde estaba –vas a ver un parque, ahí te bajas- solo quería abrazarte, decirte que te ves muy bien, darte de desayunar, decirte cuanto me molesta que me toques la cabeza –esta es-. Subí por donde suben las ambulancias y te vi de espaldas, llevabas la ropa con la que nos habíamos equivocado, con la que nos habíamos muerto de risa, la playera con la que me tapaste.

–Que haces aquí?-           –Vine a verte idiota-

¡Cuántas ganas de que te quedaras dormido en mis piernas! Tan inoportuna la muerte, tan inoportuno el amor. –Como esta?- -No se cómo pero esta mejor- -Como llegaste hasta acá?- -No se cómo pero llegue-

Si sabía, me reconocí en tu tempestad, me comprendí, era como una virgen, una niña, como si el sábado me hubiera arrojado a la hoguera de la adolescencia y me estuviera achicharrando hasta el martes, traía la carne chamuscada de ti, lo supe hasta que me vi corriendo en la rampa de las ambulancias solo para verte. Y desde entonces estoy dejando trozos carbonizados en el trolebús que tomo todos los días solo para verte tres minutos, para dejarte un sándwich doble, tal vez dos, un atole de guayaba por que se lo mucho que se te antojo ese día, unos cigarros, una manzana que siempre juro no te comes y tu siempre dices que es lo primero que haces, o solo para abrazarte. –Tengo fe de que vamos a regresar a casa como si esto nunca hubiera pasado- yo no te digo nada por que en la muerte yo no confió, pero realmente quiero que así sea, no importa que ya no deba viajar kilómetros, ni que nos dejemos de escribir de 1 a 5 de la mañana por que no debes dormir, no importa que ya no intentes besarme, no importa todo lo que nos paso, ojalá todos, sobre todo ella, volvamos a la normalidad.

Tuvo que morir tu madre para yo saber cuanto te quería, pero puedo fingir que tu madre nunca murió, y que ese Sábado jamás ocurrió entre nosotros. Que nunca vimos el atardecer de rivera, ni los colores rojos y amarillos, ni las cervezas y el whisky, ni la sangre ni las ambulancias, ni su corazón sin vida, nosotros no ocurrimos, ni la muerte.

sunsets-atardeceres-by-Diego-Rivera-0182