Que diría Quevedo de las ganas de citarlo que tengo, me perturba su elocuencia gastada en definir el amor.
(Paréntesis)
Extrañaba la rutina orgásmica, prolongada, infinita e inefable de escribir a “diestra y siniestra”.Con mi falta de elegancia y sintaxis. Con términos Laroussientos ,con inclinaciones depravadas, con mis mitades de inocencia y mis cuartos de Pulitzer. Yo no soy ni viéndome de lejos el cliché de lo que hago. ¿Pero que soy si no un montón de metáforas y retoricas mal empleadas? Un pedazo de mujer enfrascada. Una avispa que apenas zumba mientras duerme , un ojo del diablo en la nuca de dios, y me niego al uso de mayúsculas para mencionarlos, como si ellos se tomaran la molestia de llamarme por mi nombre , me llaman “hija” o “presa”. Yo no soy hija ni presa, pero arrúllame en tu pecho, dios mío, y provócame a todas horas, diablo mío. Soy este cabello que se me ha enredado en las manos de todos aquellos a quienes he querido amar. Por que no tengo miedo de decirme, de saberme, solo de probarme y escupirme en el suelo de alguna cocina. De querer una pizca de sal o pedir pimienta o ajo molido a la hora de servirme. Soy la suciedad de la casa y la pulcritud de mi conciencia. El condimento perfecto, el pan nuestro de cada uno de aquellos que han querido bendecirse, creer en mi, adorarme. Incluso para los escépticos ,soy. Soy mis letras , soy mis mentiras , soy la decadencia y el sueño, la buena risa y la buena cama, y extrañaba escribirlo a todas horas. Decírmelo al oído y besarme la boca con mis palabras gastadas como calcetas. Las de siempre, las que siempre riman, las que siempre suenan mal, las únicas que me saben llamar por mi nombre, a todas horas. Y nadie ha aprendido jamás a leerlas. Extrañaba escribirme los días de mi vida, solo para recordarlos o para poder respirar, lejos de querer simpatizarle algún miembro de la SOGEM o a cualquier otro miembro desnaturalizado, bautizado, acoplado, frustrado partícipe de una o ninguna sociedad que tuviera ganas de suspirar a mi lado o al lado de alguien mas de cuyo nombre no quisiera ninguno de los dos acordarse. Mi vieja educación, con mis zapatos de charol, mis cinco o siete kilos de más, mi gusto por sudar ajeno y mi mala intensión poética habían regresado. Como en los añorados tiempos.
(Fin del Paréntesis)
Y se me acabaron las ganas de hablar de Quevedo cuando empecé hablar de mi.
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