“De mis viajes al cielo y al infierno, ha nacido una cruel sabiduría”
No estoy segura de mis 25 años, ni de la calle que me acecha con su noche apocalíptica como invento de ficción, me quedo sentada en una silla que sostiene mi tristeza esperando soltarla como paloma, alas rotas. La mesa de los plátanos negros, mallugados, oxidados por el tiempo me ven la piel oscurecida, como haciéndose vieja, sangre amolada, palazos de la vida en el fémur que sostiene toda mi belleza, carcomida, como los plátanos de la mesa que me ve volar como paloma sobre la calle en esta noche tremenda, roja, de ciencia ficción. Seguramente son mis 25.
Son mis hijos muertos los árboles de las avenidas por las que tengo que cruzar a diario por unas monedas,apostarlas, ganar, o perderlos, de nuevo, como las primeras dos veces. Panteones pequeñitos con higueras y columpios para los niños de cajas de 4 por 4 centímetros. Tumbas que huelen a leche materna frustrada con epitafios breves como: Stop, Avioncito, Tulastraes, Escondidillas, TalkingTom.
Quiero sembrar en mi rostro sus nombres y regarlos con la saliva de dios, germinar, cosecharlos en Mayo, como mangos o grosellas, o flores de azahar. Quiero sembrar los pedazos de su carne inmaculada en las macetas que cuelgan de la casa que imagine seria nuestra, y ver como estiran sus manos como flores despertando, como besos largos de enamorados. Cortar los arbustos del parque que nos rodea en forma de caballos de madera para que el viento los empuje bruscamente cuando se suban, caigan y lloren y pueda yo abrazarlos, levantarlos del suelo en el que duermo desde que se fueron.
Les mentí cuando les dije que todo iba mejor, les mentí cuando les dije que podían elegir, que yo estaría bien. Estoy especialmente mal.
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