lunes, 19 de diciembre de 2011

El Nuevo Testamento según otros.

No creemos en la resurrección, no hay más vida después de la muerte. No hay muerte, hay vida y pan eterno, y vino eterno y dolor. Y tristeza y llanto, hay envidia. Pero también hay amor, y eso es lo peor de todo.

Yo vi morir a su padre, los vi a ustedes cerrar los ojos para siempre esa misma tarde. Cuando llegue a casa, post mórtem: la tierra se estremeció como si Dios hubiese agitado los brazos viejos, como si se hubiera levantado de su silla indignado, había terminado todo y él ya no podía hacer nada, ni con toda su omnipotencia. Si fuera más humano y menos quimérico, equivocarse sería más sencillo de admitir.

Fue una tarde de hotel, nos morimos haciendo el amor, no nos besamos, pero recuerdo sus palabras, su morbo, su deleite. No pregunten que es morbo, además ustedes están muertos también, que no les importa el placer de mi carne. Agusanada, seca, enterrada y lacerada, untada con el bálsamo de la chingada.

Este es el “Infierno tan temido”, estos son mis pies ardiendo, mis cabellos apestan a cenizas, mi piel se me esta cayendo, no tarda en quemarse mi alma. No tengo como pagar mi penitencia, prefiero que las llamas me consuman tu nombre, que sabe a madres cada vez que lo pronuncio. Que se lleven los restos de tus ganas, que se lleven tus uñas desgarrando nuestras horas. Este es el Infierno: no tenerte.

Yo no puedo ir al cielo, he pecado con las letras del deseo, de la gula, de la mentira, de santificar en tu nombre. Te santifico, te canonizo y te despojo de tu ropa y hago el amor contigo en días prohibidos. Santo de mi, de mi locura, bendíceme con el salmo entre tus piernas, báñame, bautízame, eres mi templo y que vengan mil y dos mil. Ya sabes por que no puedo ir al cielo.

No puedo creer que estemos muertos, debajo de este montón de tierra, encerrados en esta insignificante urna. ¿Todo lo que somos cabe aquí? ¿En que momento me volví tan miserable? Nos enterraron separados, nadie sabe de mi ni de ti. Saben mi nombre y te han visto encerrarte con mi nombre, te han visto perder el apetito, te han visto olvidarme con otras. Pero no saben que llevé una vida indecente, inteligente y pocas veces inteligible. No saben un poco de lo mucho que me he equivocado, no saben que me hubiera encantado me enterraran a tu lado, con todos esos gusanos hambrientos, pobres, pinches, pinches gusanos, pinche tierra, pinche muerte.

Ya no voy a levantarme de este cuarto oscuro, ya no voy a formar mis brazos entre la piel quemada, achicharrada, perfumada por tu boca, extraño tu boca que era mía. Me dan ganas de pararme de aquí, de salirme y encontrar entre las tumbas tu nombre. Besarte, escaparnos en la noche macabra, limpiarnos los huesos, acomodarlas cenizas, quitarnos de la cara el hollín, tengo tantas ganas de verte reír.

Estoy cansada, a veces pienso:  que bueno que me morí. Ya no hallaba tus pasos, ya no escuchaba bien, olvide muchas cosas, ya no estábamos para amarnos. Por eso te quedaste entre mis brazos, te pedí “vete conmigo”. No paso, me salieron cayos en el alma, cúrame con tus besos, pero no me los des, guárdalos, al fin yo ya estoy muerta, fría, sin ti, contigo, muerta.

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